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LOS PROTOCOLOS DE ATENCIÓN ODONTOLÓGICA EN TIEMPOS DE PANDEMIA Dr. Luis Fernando Calderón Moncayo

Los protocolos clínicos de atención en  colegas más expertos, para evitar, como en la odontología aspiran a mejorar la calidad de  atención en salud oral, creando un nuevo y  mejor estilo de decisión clínica. No es el  profesional quien va a determinar lo que es  mejor, sino que serán los expertos quienes  construyen y proponen autorizadamente qué  intervenciones odontológicas son las más  apropiadas para las diversas situaciones.

La amplitud en su aplicación universaliza la  nueva y mejor calidad en la práctica  odontológica, tanto en la práctica general  como especialista, para toda la población,  para todas las ciudades o municipios, sin  importar su ubicación.

Los protocolos en época de pandemia  reducen las intervenciones clínicas,  buscando racionalizar los tratamientos,  eliminando las intervenciones diagnósticas o  terapéuticas de utilidad nula, dudosa o  estética, concentrándose en las prioritaria y  urgentes.

El propósito de los protocolos es que los profesionales de la salud oral traten a sus pacientes con la competencia propia de sus colegas más expertos, para evitar, como en la situación actual, la propagación de la enfermedad. Si lo hicieran en todas partes y en todos los estratos sociales, se contribuirá, con un aporte, desde nuestra profesión, a salir de este problema de salud

Fotografía: https://www.intramed.net/UserFiles/vinetas/96329.jpg

Existe en nuestro gremio de odontólogos un  asunto controvertido, algunos profesionales  pueden reaccionar con indiferencia, e incluso  con discordia, ante la publicación de los  protocolos clínicos en estos tiempos. El acoger  y aplicar los protocolos no quiere decir que  están renunciando a su libertad clínica, es  escoger lo mejor para su paciente. 

Los protocolos clínicos son poderosas herramientas de control al servicio de los profesionales y por ende, de la comunidad en general. En un de temor por mala práctica, los jueces (magistrados) podrán conferir a los protocolos la lex artis. Se puede determinar que puede caer el profesional en una mala praxis si no los acoge. En ciertas circunstancias se contrapone al concepto de mala praxis. La no aplicación de los protocolos clínicos revela una clara incomprensión de su naturaleza.

Se puede manifestar y asegurar que los protocolos clínicos tienen autoridad ética en la medida en que estos sean profesionalmente correctos y actualizados. Se puede decir que son una expresión autorizada, ecuánime y no soslayada del valor de las intervenciones en la práctica odontológica en todo momento, y más aún cuando se vive en momentos tan difíciles como es el de la pandemia. La realización de los protocolos en atención odontológica en estos tiempos exige la separación puntual entre lo probado y lo hipotético, entre lo confirmado y lo meramente intuido. El protocolo clínico necesita loar con honestidad y realismo los riesgos, beneficios y costo de las intervenciones que se va a ejecutar.

Los protocolos son valoración exacta (o muy  aproximada), sincera e independiente. Sus  normas son realizadas por seres humanos,  que pueden ser catalogados como expertos y  que podrán. en algún caso, no ser capaces de  diferenciar entre lo subjetivo y lo objetivo, entre  duda personal e incertidumbre científica.  Como humanos no son expertos infalibles, por  eso es siempre será necesario una discusión  pública, para garantizar su transparencia. Los  protocolos clínicos siempre deben revelar sus  fuentes, así como expresar sus restricciones y  sesgos, y reconocer su provisionalidad. Esto  último es muy importante tenerlo en cuenta. 

Un protocolo tiene que combinar lo intelectual  con lo organizativo. Hay que difundirlos,  deben ser convincentes y enseñarlos al  cuerpo profesional para que los pongan en  práctica. Sería ideal esperar que todos los  odontólogos sin excepción cumplan con su  deber de aplicación de estos en forma  permanente e incorporarlos a su práctica  habitual. 

Las autoridades deberán ser las responsables de que un protocolo llegue a los odontólogos, cómo llevarlos, qué formato darle, en qué medios transmitirlo, ver mecanismos para favorecer su aprovechamiento y facilitar los cambios que el protocolo quiere inducir. No basta publicar los protocolos en las revistas, en muchas ocasiones deberán ser difundidos por medios virtuales, en lo posible en forma personalizada y participativa. En pequeños grupos en lugar que en grandes reuniones.

Hay que exponer periódicamente la eficacia  del protocolo, con hechos y pruebas.  Haciendo el seguimiento del contenido y sus  controles. Hay que actualizar continuamente  los protocolos y retirar de la circulación los  obsoletos, sustituyéndolos por versiones  nuevas. Algunas normas permanecerán,  pero otras con el paso del tiempo y nuevas  investigaciones ya no serán pertinentes. 

Es bien sabido que la existencia de protocolos clínicos obliga al profesional a reconsiderar la esencia y los límites de la libertad de su accionar en la práctica profesional. En muchas ocasiones existen diversas, e incluso lo contrarias formas de proceder, en la atención de un mismo paciente, de una misma enfermedad. Hay que comprender que las diferencias de criterio se deben a situaciones de escepticismo o de duda legítima, y que en ciencias de la salud vale también el principio de que en la duda vale la libertad, ejercida con racionalidad. Nunca el profesional de la salud, particularmente el odontólogo en el caso que nos compete, puede invocar su libertad de acción como justificación de una conducta imperfecta o caprichosa.

Los protocolos son una ayuda para el ejercicio  de la libertad profesional en el campo de la  salud. Se pone en claro que no todo da lo  mismo, que no todo es lícito, que no todas las  maneras de práctica son igual de correctos.  Los protocolos clínicos tienden a refutar  falsedades muy arraigadas: que, por ejemplo,  más intensidad significa mejores resultados,  que más costoso es más eficaz, que más actual  es más seguro.

Manifestarse displicente o insurrecto ante los  protocolos es signo de falta de ética y  profesionalismo. De igual forma podría ser  aceptarlos ciegamente. No conviene exagerar  la verdad: ni la de la libertad del profesional, ni  la de autoridad ciega y eterna de un protocolo  clínico. El profesional de la salud es el  responsable de su libertad de actuación,  maneja las guías de la práctica clínica, las debe  inspeccionar con curiosidad crítica, y decidir en  qué medida las adopta dentro de su medio. Al  decidir aceptarlas o rechazarlas, estará  dispuesto a dar justificación basada en lo  científico y académico para que sea defendible.

Hay que tener en cuenta que los protocolos  clínicos eliminan diferencias, pues  uniformizan la práctica profesional, trayendo  como ventaja que los pacientes recibirán una  atención de mayor calidad, pero hay que  tener en cuenta que puede ocurrir que los  pacientes ni los tratamientos en su gran  mayoría son estándar.

Los protocolos pueden ser invocados como razón de peso para denegar ciertos tipos de tratamientos a determinados pacientes, donde el juicio del profesional y las preferencias del paciente serán determinantes.

La ética en los protocolos viene de la calidad  técnica y científica donde no se coarta la  libertad y se hace más responsable al  profesional. 

Los protocolos juegan un papel importante en  la progreso y universalización de la calidad de  la atención profesional. Donde se respeta la  vida y se trata de mejorar la condición de  salud del paciente. Son normas que  pretenden hacer lo mejor por el paciente y  ayudan al profesional a satisfacer el derecho  de los pacientes a una atención de calidad  científica y humana empleando los recursos  de manera adecuada para sus tratamientos. 

Los protocolos no deberían ser órdenes punzantes y rígidas, sino consejos que enmarcan prudencia y autoridad, dirigidos a seres inteligentes y libres, de vigencia temporal y de apertura al progreso y a la crítica. Quienes los escriben y promulgan tienen el deber de mezclarlos de racionalidad objetiva, de actualización permanente, y de respeto ético hacia sus destinatarios: pacientes y profesionales de la salud. Éstos tienen una obligación de conocerlos, como parte de su educación continuada, y de seguirlos con libertad responsable.

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